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domingo, 9 de noviembre de 2014

El último adiós

Por: Jazmin Marcos



Han pasado casi ya 10 meses desde aquel enero, el más frio.

Recuerdo muy bien ese día, mientras me despertaba para ir a estudiar y salía de mi habitación, encontré a mi madre en el pasillo con su rostro desencajado, yo no sabía por qué, le pregunté qué ocurría, ella, con lágrimas en los ojos, solo atinó a decirme: él se fue. Ambas rompimos en llanto y solo le dije, nos vamos juntas.

Aquel 16 de enero fue el día más largo de mi vida correr de un lado a otro, pasajes, maletas y las horas que yo sentía que eran eternas, esperar y esperar para al fin llegar. El viaje más largo y agotador lo viví ese día, no dejaba de contar los minutos que faltaban para verlo.

Al fin llegamos, después de mucho aquella familia que no se veía, se reencontró pero ya no como antes, esta vez todo era frío, triste, nos uníamos para decirle adiós.

Abrazos interminables pasaban delante de mí, tanta gente que yo no conocía, pero que si lo habían conocido a él se unían a nosotros, a nuestro dolor, venían a despedirlo.

Era ya el momento, mamá y yo debíamos verlo, caminamos hacia donde él estaba, aquel ataúd grande color caramelo, aquellos rostros de mucha más gente que no conocía, aquel momento cuando mamá se acercó y no hizo más que romper en llanto, aquel momento me partió el corazón.

Mamá volvió y se sentó al lado mío, con sus gestos me decía que fuera, que era mi momento, no me atreví. Aún no sé si aquella decisión fue valiente o fue cobarde, pero lo único que sé es que  prefería quedarme con aquel rostro alegre que vi cuando lo conocí, sus risas, sus bromas, su cariño y la satisfacción de ver a toda la familia unida disfrutando aquellos momentos en los días de su cumpleaños.

El tiempo corría y la gente entraba y salía, hasta que la noche llegó.

Fue una larga, agotadora y fría noche, la luna nos iluminaba pero la lluvia nos vencía. Estábamos como en los viejos tiempos, juntos, pero ahora en el dolor y la resignación.

El tiempo pasó, hasta que al fin amaneció, era el momento que muy pocos queríamos, pero que sabíamos que tenía que llegar y era ahora. Tristeza, resignación, pena, eso era lo que se sentía, lo que yo sentía, lo que todos sentíamos.

La caminata fue muy larga, pero nadie quería llegar a la meta. Llegamos, entramos y el ambiente se tornó aún más frio, más triste. Escuché aquella semblanza que me rompía el corazón, aunque lo conocía poco bastó para quererlo mucho.

Le dedicaron aquella canción que él más le gustaba, fue el momento que hizo que todos nos desgarramos de dolor y nos resignáramos a no verlo más.

Vi como aquel ataúd color caramelo iba apartándose poco a poco, hasta que ya no lo vi más.
Todo se acabó, ya no lo vi, ya no volveré a ver, sólo sé que su momento ya le había llegado, que aquella enfermedad lo había hecho sufrir mucho, que las esperanzas ya se habían agotado, que la luz ya se había apagado y que el último adiós había llegado.

Adiós y hasta siempre Papá Roberto.

domingo, 2 de noviembre de 2014

El RECOGIDO LUCA... MI HIJO LUCA.


Por: Jose Eduardo Moncada A.



Para empezar escribo esto no porque no tenga otro tema más interesante que escribir, como política que es un tema del cual no me llama mucho la atención, o de fútbol un tema de los que me apasiona sino que lo vi echado en mi cama con las orejas que le tapan los ojos y la lengua afuera que yo mismo me pregunte: ¿Por qué no escribir de él?

Decidí que él sea mi tema principal cosa que ya lo es pero no solo es un tema, para mi es mi vida, mi preocupación, mi prioridad y motivación. Suena muy romántico o anticuado y lo sé pero en tan poco tiempo ha pasado mucho con este perro que si hablara no dudo que me aconsejaría o contaría todo lo que le he podido contar.


¿Cómo llegó el a mí? O ¿Cómo llegue yo a él?...

Todo empezó un sábado 14 de Septiembre del 2013, aún estaba en el colegio y los fines de semana eran los mejores días que podían existir (como aun lo son), los sábados solía ir al famoso Campo de Marte a jugar fútbol con mi amada promoción desde las 8 de la mañana hasta que no pudiésemos más que bordearía las 2 o 3 de la tarde. Ese día después de terminar de jugar contra cualquier equipo que se presentaba recibí una llamada que fue de mi papá que me dijo: Hijo ven para “el flecha” (campo de fútbol) inmediatamente.

Fui corriendo dejando a todos mis amigos y había un campeonato, mi papá me dijo anda al arco rápido. Una vez jugado el partido yo me despedí y me retiraría a mi casa, pero saliendo sucedió algo extraño y lo pude percatar. A lo lejos note como un señor demasiado embriagado renegaba y gritaba: ¡carajo deja de llorar! , cuando me acerque a observar (soy muy curioso), vi como el señor tomaba una bolsa negra y adentro estaba metiendo a un perrito demasiado pequeño, de pelaje rubio, una cola extensa, con los ojos cerrados y llorando.

Quise alejarme de la situación por el miedo al borracho, pero me metí, le quite la bolsa al señor y le reclame: ¡Porque hace esto! , el solo se dignó a decirme: ¡No te metas sinvergüenza! Y procedió a darme un tremendo golpe con la parte baja de una botella de ron, con el perro en mano solo pude dejarlo en el suelo al señor y echarme a correr, me dirigía hacia mi casa la cual quedaba a dos cuadras del “flecha” pero me detuve de inmediato, en mi casa había una persona que por más que yo le había pedido un perro no lo aceptaba. Mi abuela. Que iba a decir cuando yo llegase a casa con un perro, y estuve caminando por las calles, abrigándolo con lo que podía hasta que me arme de valor y fui a casa.

Mi abuela me miro y dijo: ese animal no se quedara en esta casa por favor sácalo, no le hice caso y me metí a mi cuarto encerrando con llave, luego cuando mi abuela se calmó le conté como sucedieron las cosas y dijo: Tú te encargas de el en todo aspecto a mí no me pidas ni un sol ni tampoco que lo cuide, con la tristeza de saber que mi abuela no lo quería solo pude decir está bien.

Ya pasaban los días, lo lleve al veterinario y el doctor me pudo decir: este perro cuando lo recogiste habrá tenido 4 días de nacido, es decir nació un 9 se Septiembre. El doctor dijo: eres una muy buena persona muchacho y yo alegre me fui con mi perro ya vacunado y revisado por el doctor y así trascurrieron los días.


Los peores días y la mejor señal…

Pasaban los días y Luca ya jugaba mucho hasta destruía las cosas como todo perro, a mí no me importaba solo me importaba que estuviese conmigo, hasta que llego un tío, Lucho el mal agüero, él se quedó en mi casa unos días y se quejó del perro. Mi abuela enojada me dijo un martes: Regala a ese perro, solo se quedara hasta el sábado, sino lo votare y hablo enserio. No quedaba de otra, Luca tenía que irse.

Puse un anuncio donde lo daba en adopción pero hubo algo que marco mi vida, resulta que el jueves 21 de octubre Luca no estaba, yo desperté asustado porque no se encontraba en mi pecho, lo busque por todo el cuarto y nada. Cuando en eso lo veo entrando a mi habitación escondiéndose debajo de mi cama luego de unos diez segundos se escuchó: ¡JOSE EDUARDO DE M””” ESE PERRO SE HA HECHO EN MI SANDALIA Y LO ACABO DE PISAR, ESE PERRO SE LARGA! , me comencé a reír como nunca, lo saque debajo de mi cama y lo abrace, este perro es como yo, no por el sentido de lo que hizo sino por la travesura, era travieso.

Le propuse un trato a mi papa que se quedara con él, yo me haría cargo y lo visitaría y mi papa accedió por el simple hecho de yo ser feliz. Luego al poco tiempo a mí también me votaron de mi casa y me fui a vivir con mi papá, así que Luca de nuevo estaba conmigo, el destino no quiso que nos separáramos tanto tiempo.


El mejor amigo del hombre… un gran amigo.

Pasó el tiempo y Luca aprendió muchas cosas como sentarse, subir a árboles y ser coqueto aunque no lo crean es un perro muy hábil.

Muchas cosas he pasado con él, tanto buenas como malas pero siempre junto a él, muchas veces nos hemos ido al parque hasta las tres o cuatro de la mañana por el simple hecho en que yo estaba mal y caminando me calmaba, le he contado mis cosas, como si el me fuese a responder, algo ilógico, pero sabe que cuando lloro solo se acuesta y me mira, muchas veces me seca las lágrimas con sus lamidas, como diciendo: “tranquilo, no llores”.

Aparte de eso para mí es como un hijo que defiende y esta alerta a cualquier circunstancia, que obedece aunque hay muchas veces que deja llevar. Un perro el cual me espera despierto hasta altas horas de la noche para que recién duerma, también que da miles de vueltas para que uno lo saque a pasear, o su meneo de cola cada vez que yo llego de la universidad y me mira.

Aunque muchas veces diga, “este es un hijo de perra” (en el buen sentido de la palabra), o “si se va normal no me afectaría”, solo lo digo por decir, pero la realidad es que ya no es un perro que encontré y recibí un golpe en la calle por el sino más que eso, es mi hijo, por el cual tengo que cuidarlo, atenderlo, pensar en él, si se enferma quedarme con él hasta que se cure, o comprarle todos los juguetes y ropa posible para que se sienta bien, dejarle comida y agua , volver lo más rápido posible a casa porque sé que él me espera. No es un recogido Luca sino mi hijo Luca.



martes, 7 de octubre de 2014

La Conocí de Casualidad


Por: Fernando Cuadros.

La conocí de casualidad. Me dirigía en la 70 hacia Polvos Azules. Necesitaba arreglar mi Play Station 1. El bus atravesaba el zanjón de la avenida Grau, y en uno de los tantos paraderos de la vía rápida, subió un grupo de chicas, de seguro estudiantes de medicina de San Fernando. De ese grupo de damas que logré apreciar, una me llamo la atención. La más finita, de tez blanca como la nieve, alta, risueña, de perfil griego y con los cabellos largos sueltos al aire. Subió con el puñado de muchachas, pero no se veía como ellas. Llevaba unos libros en la mano y las amigas no. Puse pause al reproductor para tratar de escuchar lo que platicaban y lo único que captaron mis orejas de duende, fue que la chica que me impresionó bajaría en Paseo Colón. Seguí observándola con cautela desde mi lugar, contemplé sus gestos a la hora de expresarse, la delicadeza con que movía las manos para dramatizar algún acontecimiento que sus amigas no vieron, y el meneo de su cabellera al compás de sus ademanes, a ella en general.

Ambos bajamos en Paseo Colón, no se fijó en mi. Coincidimos en el estribo del bus pero ni me dirigió la mirada. Sin pena ni gloria, empece a caminar por la transitada vereda de la avenida. La muchacha me sacó ventaja de varios metros, cruzó la pista y empezó a dirigirse al MALI. Cuando pensaba que era la ultima vez que lograba apreciar su silueta, a lo lejos diviso a un joven delgado, de ropas gastadas y con las manos en los bolsillos acechándola. Cada vez se le acercaba más, y más. Me detuve hasta asegurarme que la susodicha ingrese museo sin embargo en un abrir y cerrar de ojos, fui testigo de cómo el amigo de lo ajeno en un santiamén arranchó la morralina que llevaba la chica. Sin pensarlo, eché a correr. El ladrón dobló la esquina del museo y quiso perderse por entre la gente, no perdí su rastro, corrí y corrí tras el muchacho hasta que logre ver a un policía motorizado, le pedí ayuda y fue tras el ratero. Logró cerrarlo, gracias a un descuido del cleptómano, quien resbaló en su intento de huir.

Recuperé las cosas y me dirigí de nuevo hacia donde estaba la muchacha. Estaba sentada en una banca del museo. Me puse frente a ella, sin decir nada le entregué en sus manos la morralina. La felicidad le devolvió el alma al cuerpo. Me dio un abrazo efusivo, ese momento fue infinito. Olía a jazmines frescos, sin caer en cursilerías, amé ese abrazo. Agradeció mi acto de valentía, le dije que no era nada. Refutó mi respuesta. Me ofreció algo de tomar, algún frugos o té. Le dije que con mucho gusto aceptaría su propuesta de no ser por mi play station (me pasé de estúpido al decírselo, pensé). Tomó la noticia con gracia, se ofreció acompañarme a Polvos Azules, en acto de agradecimiento y así sucedió.

En el camino fuimos charlando. Se llamaba Claudia, estudiaba Psicología en San Marcos y fue a visitar a sus amigas a la facultad de medicina. Uno de los tantos libros que portaba era de Descartes, muy amena y sencilla, pese a vivir en el distrito donde miran flores, molesta ella por los prejuicios y porque sus papás se enojaban al ver que ella llevaba a sus amigas sannarquinas a la casa en vez de salir con las chicas del club.

Me preguntó si suelo jugar play y le dije sin vergüenza alguna que sí, que en los ratos libres jugaba Crash Car. Quizá en otra muchacha no funcionaría el hablar de juegos o ir a arreglar la consola o hablar de Descartes o de la sociedad o sobre que periodista es mi ejemplo a seguir o si ser y estar es lo mismo que estar y ser; con Claudia todo fue único desde el principio. Con ella las cosas fluían con normalidad, sin caer en ridiculeces ni boberías.

Siempre había algo de que hablar, y si llegaba el momento del silencio, alguna sonrisa se soltaba por ahí y empezábamos a reír juntos como si fuésemos amigos de antaño. Después de dejar el play donde el técnico, nos dimos una vuelta por el centro comercial, llegamos a parar en un stand donde se vendían polos con frases capicúas. Alucinados por la creativa idea, ella quiso comprarse uno rosa que decía: Anula la luna. De su bolso sacó un billete de Basadre, me pidió que dijese un color y la talla de polo que usaba. Azul y M. Me advirtió con amabilidad, que de rechazar el presente, me olvidase de ella (cómo he de hacerlo). Ahora yo di las gracias, respondió: «Estamos a mano».

Ya estaba a punto de anochecer, le sugerí tomar el trayecto de regreso por el Estadio Nacional, era menos peligroso. Cada segundo que pasaba, la imagen de Claudia se impregnaba más en mi mente. Los gestos que aprecié sin que ella se fijase de mi existencia, ahora me los hacía a mí. La manera en que hacía la boca antes de hablar, sus hoyitos a la hora de sonreír, su cabello perfectamente desordenado por el viento, su blanca sonrisa, sus ojos y la manera en la que fruncía el ceño a la hora de opinar sobre algo que no le parecía correcto. Toda ella un sinfín de cosas agradables.

Entre palabra y palabra llegamos a Petit Thouars, La hora de despedirnos se acercaba, volvió a agradecerme por lo sucedido horas antes, yo agradecí por el presente. Era obvio que no iba a ser la última vez que nos veríamos, cada uno dio su número de celular. El bus que la llevaba estaba cerca, la miré directamente a los ojos y le dije que no la pasaba bien desde hacía mucho tiempo, esta vez no refutó nada, coincidió conmigo. Nos abrazamos, su modesto pecho latió por unos instantes junto al mío. Y le dije hasta luego, mientras el aroma a jazmines empezó a desvanecerse conforme Claudia se alejaba. Subió al bus y lo único que pedí fue que ningún otro jugador de Crash Car la volviese a mirar como yo.